Mostrando entradas con la etiqueta Julia Prilutzky. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Julia Prilutzky. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de marzo de 2008

SÓLO ESTARÁ LA ROSA


Ahora que te acercas, indudable,
temida a veces y otras esperada,
quiero decirte algo.
No tengas miedo. Yo no tengo miedo.
El recinto está pronto. Se te aguarda
- huésped de honor, seguro pasajero -
con un temblor que es casi una esperanza.
Todo está pronto ya. Y yo estoy pronta.

Siempre lo estuve. Debes recordarlo:
entonces, yo era joven. Y era la primavera
y el viento acariciaba las cortinas
que se esponjaban para recibirte.
Nunca estuve tan cerca
ni estuviste más próxima.
Eras una presencia.
Casi, tenías formas
y perfume y palabras.
Eras una comarca y un diseño
- calor, sonido, voz y resonancia -
y yo ingresaba en ti como en la sombra
para dormir un sueño
tranquilo, sin terrores.
Después - lo decidiste tú -
era temprano
todavía. Y te fuiste de puntillas
tan en silencio como habías entrado.
Nadie te vio. Y apenas vi tus manos
agitando un saludo.
De tiempo en tiempo, vuelve tu contorno,
adivino tu frente. Pero pasas.
Vas haciendo tu ronda.
En cuántas madrugadas me despierto
con la seguridad de tu llegada.

A mi lado, la soledad espera:
tú me miras - nos miras - y te alejas.
Todavía no es hora.
No temas, indudable. Yo no temo.
Todo está pronto ya. Y yo estoy pronta.
Morir - después de todo - es cotidiano.

Entonces, yo quería - ¿lo recuerdas? -
para cruzar el límite, de escolta,
simplemente, la mano del amigo,
la mirada del hijo. Y una rosa.
Mucho menos tendré.

La mirada del hijo está lejana,
perdida, devorada
- no sé si por el tiempo o la distancia -
la mano del amigo se me tiende
desde tu umbral, ahora.
Y en tu mundo me aguarda.

Sólo estará la rosa.

JULIA PRILUTZKY
ARGENTINA

martes, 26 de febrero de 2008

ALGUNA VEZ, DE PRONTO, ME DESPIERTO...


Alguna vez, de pronto, me despierto:
Un dolor me recorre tenazmente,
un dolor que está siempre, agazapado,
por saltar, desde adentro.
Entonces tengo miedo.
Entonces, me doy cuenta que estoy sola
frente a mí, frente a Dios, frente a un espejo
lleno de mis imágenes,
de rostros polvorientos.

Estoy sola, pero siempre estoy sola:
Es lo único cierto.
El amor era un huésped,
la soledad es siempre el compañero
que permanece al lado, inconmovible.
Lo único seguro, verdadero.
Oigo mi corazón, vieja campana
que dobla y que golpea,
que rebota en las sienes y en la nuca
y en la boca y los dedos.
Es cierto, tengo miedo.
Miedo de no poder gritar, de pronto,
de que ya sea demasiado tarde
para un ruego.
La costumbre ahoga las palabras
y alarga el desencuentro.
Ah, tantas cosas quedarán ocultas,
perdidas, sin recuerdo,
tantas palabras que no fueron dichas,
tantos gestos.

Unos dirán: Yo sé, la he conocido,
fue una ardiente rebelde,
se desolló las manos y la vida
por defender los que creyó más débiles.
Otros dirán: Yo sé, la he conocido,
era dura, malévola,
avara de ternura, con la boca
mostraba su desprecio.
Alguien dirá: Y cómo sonreía...
Qué importa
lo que vendrá después del gran silencio.
Claro que tengo miedo.
Así, en la madrugada
mientras algún dolor -un dolor, siempre-
va hincando sus agujas en mi cuerpo,
abro las manos en la sombra dulce
para atrapar mi soledad, de nuevo,
y me quedo a su lado, sin moverme,
con los ojos abiertos
la vida detenida.
Toda mi sangre es un temor inmenso

JULIA PRILUTZKY
ARGENTINA

VISITANTES